Estimados seguidores, por fin he podido liberarme del yugo que me aprisionaba e impedía continuar con mi valiente y poderosa creación literaria/viajera. Así, puedo seguir dando rienda suelta a los sentimientos que esta aventura nórdica me/nos está brindando, para de esta forma elevar mi soterrada y (hasta ahora) enclaustrada alma a más altos...bla bla bla.
He de aclarar que estas palabras relatando los pormenores de nuestras vacaciones las escribo tras anotar unos borradores mientras el individuo que aprisionaba mi capacidad literaria creativa de estos últimos días iba conduciendo alegremente (o no) por las limitadas carreteras islandesas.
Aclaremos ahora, no obstante, antes de seguir con mi relato que no tengo nada en contra de el otro personaje que escribe este escrito (a partir de ahora le podremos llamar individuo tornillo, más comunmente conocido por sus siglas, es decir Indtor). Por cierto que aprovecho para remarcar que en estos momentos Indtor prepara con amor los sandwiches que acompanyarán a nuestras últimas horas islandesas, ya que en apenas 6 horas (y siempre que le apetezca a la impuntual companyia aérea que nos respalda y a los descontrolados controladores aéreos que nos esperan con los brazos abiertos pero con 40 de fiebre y en cama en Barcelona) embarcaremos rumbo al infierno mediterráneo.
Pues bien, paso a relatar nuestra actividad febril y estival de estos últimos días. Y lo hago desordenada y esparcidamente, comos se me antoja. Sabéis, estimados lectores, que si no os gusta mi estilo siempre podéis volver a la lectura sobria y firme de Indtor (que ya está merodeando cerca de mi, esperando poder pasar la tinta de la censura...).
Como antes os explicaba estas notas la tomé ayer (o quizá anteayer). Estaba Indtor conduciendo alegremente o con alegría camino de la excursión llamada aquí Golden Circle, que consiste en la visita al parque natural de Pingvellir, al famoso Geysir (que debe su nombre a este fenómeno natural por este mismo chorro islandés) y a las cataratas de Gullfoss. Pues bien de repente (o según se mire repentinamente) yendo a velocidad moderada (nunca más de 90), gozando del paisaje cambiante y radiante (menos cuando no hace sol) una senyora oveja decidió de forma autónoma, considerada, relajada y autoritaria cruzar la carretera en el mismo instante en que mi hermana (obsérvese, me he delatado, ella es Indtor) y yo, su acompanyante sufrido coincidiamos en el mismo punto y a la misma hora sobre el asfalto...
Resultado: la oveja atravesó la vía sin prisa, Conxi, hábil de reflejos, tocó lo justo el freno para no embestirla. Nos quedamos mirando como acaba de atravesar la carretera, y justo en ese instante, otra oveja más descarada si cabe decide copiar a su amiga e inicia el traspaso material de su cuerpo al otro lado de la carretera. Mi hermana, una vez más y con reflejos espectaculares dio un justo y breve volantazo para evitar una embestida inminente. Yo me quedé con la imagen de la ovejita girando la cabeza a su derecha y retornando por donde había venido. Ciertamente que este segundo rumiante estuvo bien cerca de arruinar su herbosa vida. Mi hermana aún tuvo la sangre fría de comentarme qué hubieramos hecho de la oveja moribunda. Joder, pensé yo, como mínimo ya que nos jode el seguro del coche, al menos la pelamos (es decir nos llevamos la lana del bicho) y nos hacemos un jersey bien majo.
Ah, como no sé que más contar os paso a relatar lo que la apuntadora me obliga a transcribir (vuelve a dominar la censura, snif).
Pues bien, hace 4, 5 o quizás más días visitamos una catarata (más). Bonita, agua que cae, vuelta a la catarata por delante y por detrás, aplausos del respetable, bla bla bla. Pero luego tuvimos la fortuna de encontrarnos una segunda cerca de aquélla. Era preciosa, la verdad, pues estaba algo escondida. Tenías que entrar por una estrechez de roca y entonces te encontrabas en una "habitación" pequenya con la catarata y toda la piedra repleta de musgo. Aquí publicamos la fotografía.
Me despido ya pues, esperando ganar el Pulitzer de relato vacacional con vuetro voto de confianza. Un saludo (o dos)
He de aclarar que estas palabras relatando los pormenores de nuestras vacaciones las escribo tras anotar unos borradores mientras el individuo que aprisionaba mi capacidad literaria creativa de estos últimos días iba conduciendo alegremente (o no) por las limitadas carreteras islandesas.
Aclaremos ahora, no obstante, antes de seguir con mi relato que no tengo nada en contra de el otro personaje que escribe este escrito (a partir de ahora le podremos llamar individuo tornillo, más comunmente conocido por sus siglas, es decir Indtor). Por cierto que aprovecho para remarcar que en estos momentos Indtor prepara con amor los sandwiches que acompanyarán a nuestras últimas horas islandesas, ya que en apenas 6 horas (y siempre que le apetezca a la impuntual companyia aérea que nos respalda y a los descontrolados controladores aéreos que nos esperan con los brazos abiertos pero con 40 de fiebre y en cama en Barcelona) embarcaremos rumbo al infierno mediterráneo.
Pues bien, paso a relatar nuestra actividad febril y estival de estos últimos días. Y lo hago desordenada y esparcidamente, comos se me antoja. Sabéis, estimados lectores, que si no os gusta mi estilo siempre podéis volver a la lectura sobria y firme de Indtor (que ya está merodeando cerca de mi, esperando poder pasar la tinta de la censura...).
Como antes os explicaba estas notas la tomé ayer (o quizá anteayer). Estaba Indtor conduciendo alegremente o con alegría camino de la excursión llamada aquí Golden Circle, que consiste en la visita al parque natural de Pingvellir, al famoso Geysir (que debe su nombre a este fenómeno natural por este mismo chorro islandés) y a las cataratas de Gullfoss. Pues bien de repente (o según se mire repentinamente) yendo a velocidad moderada (nunca más de 90), gozando del paisaje cambiante y radiante (menos cuando no hace sol) una senyora oveja decidió de forma autónoma, considerada, relajada y autoritaria cruzar la carretera en el mismo instante en que mi hermana (obsérvese, me he delatado, ella es Indtor) y yo, su acompanyante sufrido coincidiamos en el mismo punto y a la misma hora sobre el asfalto...
Resultado: la oveja atravesó la vía sin prisa, Conxi, hábil de reflejos, tocó lo justo el freno para no embestirla. Nos quedamos mirando como acaba de atravesar la carretera, y justo en ese instante, otra oveja más descarada si cabe decide copiar a su amiga e inicia el traspaso material de su cuerpo al otro lado de la carretera. Mi hermana, una vez más y con reflejos espectaculares dio un justo y breve volantazo para evitar una embestida inminente. Yo me quedé con la imagen de la ovejita girando la cabeza a su derecha y retornando por donde había venido. Ciertamente que este segundo rumiante estuvo bien cerca de arruinar su herbosa vida. Mi hermana aún tuvo la sangre fría de comentarme qué hubieramos hecho de la oveja moribunda. Joder, pensé yo, como mínimo ya que nos jode el seguro del coche, al menos la pelamos (es decir nos llevamos la lana del bicho) y nos hacemos un jersey bien majo.
Ah, como no sé que más contar os paso a relatar lo que la apuntadora me obliga a transcribir (vuelve a dominar la censura, snif).
Pues bien, hace 4, 5 o quizás más días visitamos una catarata (más). Bonita, agua que cae, vuelta a la catarata por delante y por detrás, aplausos del respetable, bla bla bla. Pero luego tuvimos la fortuna de encontrarnos una segunda cerca de aquélla. Era preciosa, la verdad, pues estaba algo escondida. Tenías que entrar por una estrechez de roca y entonces te encontrabas en una "habitación" pequenya con la catarata y toda la piedra repleta de musgo. Aquí publicamos la fotografía.
Me despido ya pues, esperando ganar el Pulitzer de relato vacacional con vuetro voto de confianza. Un saludo (o dos)

















